8/12/12

Imagínate en tu habitación. Cuatro esquinas, ¿verdad?


Pues la mía no tiene límites, no tiene pared, no tiene color único. Ya no tiene nada. Mi hogar está en las personas que quiero, en los lugares que bebo, en pieles. Hace falta que nos choquemos entre las cuatro paredes una y otra vez, una y otra vez...y así es como aprendemos los seres humanos, a base de golpes y caídas. Aprendes a que nada material vale tanto. Que el precio y el valor nunca se corresponden. 


Que tú y yo jamás podremos ser compatibles. Que no quiero ser de nadie, ni que tú seas mío. No entiendes nada, sólo quieres explicaciones, y yo a alguien que no me las pida. Exigimos mucho más de lo que nosotros mismos damos. Y eso, amigos, no es nada justo. Total...como el mundo mismo. ¿Dónde es la próxima parada? No, no me bajo. Es para dejarte ahí. Cuando quieras me llamas. Yo estaré dispuesta a follarme a tus miedos, a tus mierdas, a mandarlo todo a Plutón. Y que conozcas a otra, más guapa, más lista, más alta, más delgada, más tuya de lo que jamás podré ser yo para ti. Pero no olvides quién te mató los fantasmas cuando arrojes sus bragas debajo de la cama. 

Vivimos en un lugar llamado cerebro -no el tuyo, idiota, el de al lado.-

No sé de dónde vengo, dónde estoy, ni siquiera hacia dónde cojones voy.


Sólo sé 
que me 
muevo.

2 comentarios:

  1. Eres prosa de la buena. Continúa, tus entradas son fantásticas!

    ResponderEliminar